martes, 30 de noviembre de 2010

El dios de Juan Ramón Jiménez


El libro Dios deseado y deseante de Juan Ramón Jiménez es la conclusión de su arte poética que se venía desarrollando con las publicaciones previas. El poemario, que se publica en 1949, muestra las sensaciones de la voz lírica del poeta respecto a un ente místico alojando en su psique. El dios que Juan Ramón Jiménez creó en su devenir poético, que tanto ansiaba y evitaba, es sentido espiritualmente por sus manos, en una lucha plena de amor. Sin embargo, debemos notar que este dios propio se desapega completamente del Dios onmipresente y todopoderoso de la teología o los evangelios. Por este motivo, el autor nos advierte desde el primer poema:

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.

El dios de Jiménez no es un modelo ético, sino que es una epifanía que el poeta ha conseguido en su propia conciencia. El dios que alcanza es un estado puro: una esencia mística a la que se llega por un trayecto espiritual; es la conciencia del poeta, la del otro sujeto, el alter ego, y la de todas las personalidades que habitan su mente. “Tú, esencia, eres conciencia, mi conciencia,/ y la de otro, la de todos,” . Podemos inferir que existe una interiorización que consume nuestro espíritu: la cumbre de la montaña, escalada al fin, donde se mira al dios deseado y deseante. Además de esta noción oriental de lo divino, el dios juanramoniano se emparenta a la mística de Santa Teresa y a las concepciones occidentales en San Agustín, pero sin dogma. El dios que adquiere forma y que es la formación de todas las cosas, a fin de cuentas, una concepción panteísta del universo que se ilumina por la mente individual del sujeto. “Yo fui y vine contigo, dios, entre aquella pleamar unánime de manos, el olear unánime de brazos; brazos, manos, las ramas del tronco, con raíz de venas, del corazón de todo el cuerpo, que tu recoges en la tierra;” .
La conciencia plena, que es el dios deseante, fue la que llevó a Juan Ramón en su aventura por el mundo. Esta fuerza extraña y embelesadora sedujo al poeta para emprender viajes y soledades. “Tú me llevas, conciencia plena, deseante dios,/ por todo el mundo” . Pero también, el sentido del encuentro se da en el sentido inverso: “Si yo he salido tanto al mundo,/ ha sido sólo y siempre/ para encontrarte, deseado dios,/ entre tanta cabeza y tanto pecho/ de tanto hombre” . El dios llamó a Juan Ramón, pero a la vez, el poeta fue a buscar al dios. El hombre para encontrar está divinidad íntima y envolvente fue expuesto a los paisajes, para poder observar con otros ojos los mares, las rocas y las montañas. Allí se encontraban partes del dios que anhelaba, pero también había que seguir caminando entre las ideologías, entre las cabezas humanas, conociendo la identidad del otro. Todo esto fue un proceso de interioridad que fue gestando en su espíritu el nacimiento del dios deseado y deseante. El interior del poeta se volvía pleno y creaba una propia cosmogonía, una fuerza primigenia y emancipadora de las doctrinas religiosas convencionales. Juan Ramón Jiménez moldea su propio dios desde adentro, por eso afirma: “El todo eterno que es el todo interno”.
En el momento último de la revelación, el dios al que apela el poeta, puede ser visto por todas las personas. No hay catequismo que nos prepare para la comunión, ni credos. El dios deseado está plagado por la conciencia llevada a su último peldaño. “Tú estás, dios deseado, en la circumbre,/ dominándolo todo,/ lo redondo y lo alto,/ desde una nube negra abierta en chispas” . El amor infinito es el vínculo de Juan Ramón Jiménez y su dios, una sensación que provoca la fusión del creador y la obra, dada en ambos sentidos: poeta-dios y dios-poeta. Entre los dos hay un pacto, un corazón que comparten y riega el fluido sanguíneo de ambos cuerpos: “Un corazón de rosa construida/ entre tú, dios deseante de mi vida,/ y, deseante de tu vida, yo” .

1 comentario:

Cynthja G dijo...

me recuerda a una historia de Catón en la que estaba Dios mirando su creación y alguién le dice: hiciste al poeta a tu imagen y semejanza y Dios le contesta: pendejo, el que me hizo a su imagen y semejanza fue él.

Un beso!