lunes, 14 de marzo de 2011

"la alegría que produce el no poder encontrar la verdad"


Los invito a leer mi ensayo "La ley y el Estado en Vida del Ahorcado de Pablo Palacio" en la revista chilena Cinosargo:

http://cinosargo.bligoo.com/content/view/1430238/EL-ESTADO-Y-LA-LEY-EN-VIDA-DEL-AHORCADO-DE-PABLO-PALACIO-por-Manuel-de-J-Jimenez.html
Pablo Palacio. (Loja , 25 de enero 1906-Guayaquil, 7 enero de 1947) Escritor mórbido, retorcido: genio. Ideó la teoría cúbica del Estado y la teoría del perpetuo juicio. Abogado defensor de los locos, bárbaros y místicos.

jueves, 23 de diciembre de 2010

El día después del eclipse



ALLÁ se iluminan las esferas en un baile
pintan la sombra de un corazón brujo
que divide en dos la espada de los astros
Se funda otro eclipse dentro del eclipse
para sentirnos parte de nosotros mismos
Yo sospecho que la noche bordea sobre
las voluntades que aún no se conocen
pero se juntan por la flor que explota
enfrente de ellas como un pergamino de agua
como una rosa señalando con pinzas el TIEMPO

HAY un pez que no puede cruzar un ojo
y una foca vuelve a sostener la misma LUNA

"ZÓCALOS escúchenme uno a la vez
nada más voy
a caballo entre sonrisas
cuando al fin suban
invéntenme por favor un sonido
para no enloquecer en esta PRIMAVERA"

martes, 30 de noviembre de 2010

El dios de Juan Ramón Jiménez


El libro Dios deseado y deseante de Juan Ramón Jiménez es la conclusión de su arte poética que se venía desarrollando con las publicaciones previas. El poemario, que se publica en 1949, muestra las sensaciones de la voz lírica del poeta respecto a un ente místico alojando en su psique. El dios que Juan Ramón Jiménez creó en su devenir poético, que tanto ansiaba y evitaba, es sentido espiritualmente por sus manos, en una lucha plena de amor. Sin embargo, debemos notar que este dios propio se desapega completamente del Dios onmipresente y todopoderoso de la teología o los evangelios. Por este motivo, el autor nos advierte desde el primer poema:

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.

El dios de Jiménez no es un modelo ético, sino que es una epifanía que el poeta ha conseguido en su propia conciencia. El dios que alcanza es un estado puro: una esencia mística a la que se llega por un trayecto espiritual; es la conciencia del poeta, la del otro sujeto, el alter ego, y la de todas las personalidades que habitan su mente. “Tú, esencia, eres conciencia, mi conciencia,/ y la de otro, la de todos,” . Podemos inferir que existe una interiorización que consume nuestro espíritu: la cumbre de la montaña, escalada al fin, donde se mira al dios deseado y deseante. Además de esta noción oriental de lo divino, el dios juanramoniano se emparenta a la mística de Santa Teresa y a las concepciones occidentales en San Agustín, pero sin dogma. El dios que adquiere forma y que es la formación de todas las cosas, a fin de cuentas, una concepción panteísta del universo que se ilumina por la mente individual del sujeto. “Yo fui y vine contigo, dios, entre aquella pleamar unánime de manos, el olear unánime de brazos; brazos, manos, las ramas del tronco, con raíz de venas, del corazón de todo el cuerpo, que tu recoges en la tierra;” .
La conciencia plena, que es el dios deseante, fue la que llevó a Juan Ramón en su aventura por el mundo. Esta fuerza extraña y embelesadora sedujo al poeta para emprender viajes y soledades. “Tú me llevas, conciencia plena, deseante dios,/ por todo el mundo” . Pero también, el sentido del encuentro se da en el sentido inverso: “Si yo he salido tanto al mundo,/ ha sido sólo y siempre/ para encontrarte, deseado dios,/ entre tanta cabeza y tanto pecho/ de tanto hombre” . El dios llamó a Juan Ramón, pero a la vez, el poeta fue a buscar al dios. El hombre para encontrar está divinidad íntima y envolvente fue expuesto a los paisajes, para poder observar con otros ojos los mares, las rocas y las montañas. Allí se encontraban partes del dios que anhelaba, pero también había que seguir caminando entre las ideologías, entre las cabezas humanas, conociendo la identidad del otro. Todo esto fue un proceso de interioridad que fue gestando en su espíritu el nacimiento del dios deseado y deseante. El interior del poeta se volvía pleno y creaba una propia cosmogonía, una fuerza primigenia y emancipadora de las doctrinas religiosas convencionales. Juan Ramón Jiménez moldea su propio dios desde adentro, por eso afirma: “El todo eterno que es el todo interno”.
En el momento último de la revelación, el dios al que apela el poeta, puede ser visto por todas las personas. No hay catequismo que nos prepare para la comunión, ni credos. El dios deseado está plagado por la conciencia llevada a su último peldaño. “Tú estás, dios deseado, en la circumbre,/ dominándolo todo,/ lo redondo y lo alto,/ desde una nube negra abierta en chispas” . El amor infinito es el vínculo de Juan Ramón Jiménez y su dios, una sensación que provoca la fusión del creador y la obra, dada en ambos sentidos: poeta-dios y dios-poeta. Entre los dos hay un pacto, un corazón que comparten y riega el fluido sanguíneo de ambos cuerpos: “Un corazón de rosa construida/ entre tú, dios deseante de mi vida,/ y, deseante de tu vida, yo” .

miércoles, 10 de noviembre de 2010

convocatoria Revista Trifulca


Ésta es la última oportunidad que tienen ustedes y la revista.

viernes, 29 de octubre de 2010

NOS REGRESÓ LA MAREA SU FRATERNIDAD (Festival de Poesía Mazatlán 2010)


I. La fraternidad artística y la poesía festiva

Si un festival de poesía no es alegre y desenfadado, no cumple su objetivo primordial: la fraternidad artística. La alegría y el desenfreno deben ser parte de cualquier festival o celebración. Un encuentro de poetas que se llame “festival” no puede salvaguardarse en la solemnidad y en el cumplimiento de cuotas, versos y participaciones al margen de las mesas de lectura. La poesía exige un acercamiento más allá de las convenciones sociales: una suerte de intimidad colectiva que se va construyendo a partir de la experiencia de los participantes. Por estos motivos, un festival de poesía busca sacar a los creadores de su ensimismamiento cotidiano y lograr un diálogo –superior al literario- con el otro. El diálogo con el otro se refiere no sólo al que se da con otros poetas invitados sino al que se entabla directamente con el público. Las audiencias esperan, en mayor o menor medida, que el autor, además de leer sus textos, interactúe e interprete su poesía desde otros medios y canales. El Festival de Poesía Mazatlán 2010 logró el pasado 21, 22 y 23 de octubre una fraternidad artística entre los poetas locales y los poetas foráneos: se cumplieron todos los objetivos.

II. ¡Ay! mi Mazatlán

Las sedes fueron alternándose de lo institucional a lo callejero, de lo dramático a lo festivo: se pasó de la Facultad de Ciencias Sociales de la UAS al Kiosco de la plaza Machado, del Museo de Arqueología a la explanada de la Mujer Mazatleca. Sin embargo, todas las atmósferas se sentían libres y las secuencias se daban con el mismo impulso y la misma participación. La logística se lució verdaderamente. Respecto a las habitaciones y los hoteles, sólo queda por decir una palabra: paradisiaco. “¡Ay! mi Mazatlán” dice la canción con una especie de nostalgia, libera un pequeño dolor profundo. Ahora yo lo siento verdaderamente al no estar allá. Las playas mazatlecas (trato de describirlas) se resuelven desde el aire con los pinceles del mar y las tres islas que se observan desde la arena forman un capricho divino. La comida, la bebida y el sol fueron un agasajo. Yo mismo me desbordé en los apetitos culinarios y gastronómicos de la Perla del Pacífico. Al margen de lo anterior, faltaba un festival de poesía para un lugar que se adivina poético, donde la lírica se recoge y se renueva siempre gracias a la marea. Probablemente la poesía escrita no sea tan necesaria cuando te encuentras ante un escenario como el que canta y sufre Mazatlán, pero es cierto que la poesía debe de recitarse con mayor medida en un lugar como éste. El chispazo que encendió la poesía y los poemas por primera vez en las playas mazatlecas se lo debemos a los organizadores del primer festival poético de la ciudad (o por lo menos del que tengamos registro reciente): Moisés Vega, Fernando Pérez Alarriba y Tino Quiroz. A estos tres poetas se les ocurrió saturar de poesía, por medio de armas afiladas, a la comunidad local. Y ésta no opuso resistencia alguna.

III. El flujo del verso libre

Los poetas que encontré en Mazatlán daban piruetas en el aire. No había modo de detenerlos. El verso libre se volvía libertino. Es cierto que en este viaje me acompañó parte de la leal guardia salvaje: Yaxkin Melchy y Gerardo Grande, poetas hermanos y cósmicos, también conocí a la poeta Estephani Granda Lamadrid, originaria de Puebla, que si bien la recordaba por aquella serie de lecturas defeñas con la participación de bardos nacidos en diferentes estados de la República y en los años ochentas, no lograba ubicarla en versos y poética. Resultó una linda revelación. Otro de los invitados fue el poeta Óscar Paúl Castro, representante de Culiacán y lustrador del verso meditabundo. Ambos resultaron registros poéticos que complementaron la escala lírica del festival junto con los otros invitados. Aquí reside la grandeza de un encuentro como éste: la heterogeneidad de las voces participantes, sin anclarse nunca en una tendencia, en las afinidades estéticas y en la alineación de grupos literarios. Al final, las palmas se las llevaron los poetas organizadores que, sin pensarlo dos veces, se lanzaron a los caminos de la zozobra y zarparon con las naves de la locura. Ya lo decía en un verso su paisano, el poeta Gilberto Owen, después tomado como talismán infrarrealista: “Si he de vivir que sea sin timón y en el delirio”. La actitud de estos chavos mazatlecos fue de un auténtico maremoto verbal. No hubo recato, mediada y parsimonia; por lo cual estoy enteramente agradecido. No basta con que un poeta domine la técnica y esté escribiendo una obra interesante, se necesita de una actitud que rompa el imaginario social y el status quo de las mentes. Reitero lo dicho en mi última lectura del festival: la poesía de estos jóvenes se oye poderosa, aun desde lejos. Los remates poéticos dejaron sin aliento a los invitados, o por lo menos conmigo funcionó. Tino Quiroz acuchillaba el mutismo con el corte de sus versos, a veces dolorosos y pausados, donde los relámpagos brillaron como las venas del cielo. Fernando Pérez Alarriba sacudió los cimientos de la nación simbólica que carcome los corazones de los mexicanos. No tuvo que hacer más. Por su parte, Moisés Vega le dijo ¡No! a los círculos arqueológicos de la poesía mexicana, que buscan la pureza y la no contaminación de nuestra vergonzosa tradición monolítica. También apuntó cosas bellas como el vuelo de un albatros que tendrá siempre su corazón. La poesía, en resumidas cuentas, llegó como un barco fantasma en el embarcadero de Mazatlán y el mar expulsó toda su dulzura en la superficie.

IV. La anécdota se busca en la playa

La anécdota es parte fundamental de un encuentro de poetas, es el resultado de la fraternidad que siempre buscamos. No me imagino en un festival de poesía donde sólo llegué a leer, charlar y despedirme. Para este festival enumero: 1) El partido de futbol que se improvisó en la playa, donde Yaxkin Melchy resultó un “brody” Campos que nunca veremos en un mundial, y donde todos jugamos con el espíritu abierto, sin camisa, en el estadio del mar. 2) Gerardo Grande, bautizado por la prensa local como el poeta del rock, quien viajó de auto-stop desde la Ciudad de México. Dejó alguna fan de su música en aquellas playas. 3) Conocer a un resucitado Pablo Neruda, muy demacrado por la muerte, redactor de odas que no pudo leer en público. 4) Todo lo que yo comí. 5) Los monstruos que asaltaron las calles del centro de Mazatlán en medio de nuestro café último. Era cierto, habíamos olvidado la época de Halloween.

V. La fiesta tiene que seguir

Espero que este gran esfuerzo que realizaron los colaboradores y las participaciones activas de la comunidad artística mazatleca y el público en general, vuelvan a sentirse próximamente por aquellas tierras. El Festival de Poesía Mazatlán 2010 debe de dar paso a nuevas ediciones o a otros encuentros similares. Esta vez podrían añadirle otro tótem al festival: la fauna marina y terrestre en Mazatlán es rica, aprovéchenla. La siguiente emisión puede ser para un delfín, una mantarraya o una gaviota. No lo sé. Por lo pronto, el misticismo del venado lo hizo muy bien. Este trabajo debe continuar hasta que las fuerzas resistan, otros poetas demandarán más entrada de versos para el presente y el futuro. Cualquier cosa puede ser incierta menos la poesía. La fraternidad todavía tiene que estallar en sus cuatro direcciones y después volar por los puntos cardinales de la República, más allá del continente literario.


Octubre de 2010.

domingo, 5 de septiembre de 2010

MI NACIÓN TIENE UN ESTADO HOLOGRAMA

Ilustración José Guadalupe Posada
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El ejército en las calles, combatiendo en una guerra cruenta y sin sentido. En “tiempos de paz”, de acuerdo con la Constitución mexicana, las fuerzas armadas deben permanecer en sus cuarteles y campos. Si el ejército desempeña una ataque frontal contra la delincuencia organiza, como lo hace hoy día, donde la población civil queda en medio de estos dos flancos, se perpetuarán realmente los “tiempos de guerra”. Los militares sólo responden con poder de fuego y no realizan actividades de investigación. Bajo esta tendencia, la postura del gobierno federal se encamina más hacia la confrontación bélica que hacia la investigación policiaca: es la lógica de golpear la fuerza con más fuerza en una batalla de armamento y estratagemas. Urge la creación de una policía investigadora de delitos sobre delincuencia organizada, que haga una labor profesional y técnica contra la violencia de los grandes capos. La postura del gobierno federal, en vez de buscar la solución integral al problema, se conforma sólo con la medida sangrienta que simboliza el Ejército mexicano y la policía de choque. Apostar más a las políticas preventivas, de educación y empleo, podrían ser válvulas de escape al conflicto, pero la actual administración no ha querido verlo así.

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No es una casualidad que el novelista chileno Roberto Bolaño haya visto a Ciudad Juárez, en su novela 2666, como el advenimiento de un territorio apocalíptico: la derrota final de la ley y la civilización del progreso. Esta ciudad fronteriza constituye una metáfora del cúmulo de violencia del siglo XX, su masificación acelerada y progresiva. No olvidemos que en 2009 Ciudad Juárez fue considerada como la urbe más violenta del mundo. Podíamos no sólo hablar de Chihuahua o Tamaulipas, sino de varias zonas del país. México podría ser considerado en algunas décadas más como el país donde murió prematuramente el Estado contemporáneo y se retornó al status salvaje y natural. Se diría de México: “País que dejó morir el Estado democrático”. México se conformaría en futuros lustros bajo una estructura donde los factores reales de poder sean reconocidos por medios meta-legales; el aparato a conformarse sea un poder desnudo y con ínfimas coberturas jurídicas o políticas. Algo que vaya más allá del Estado, pero no en la dirección de lo jurídico-político, sino en una ruta de coerción y violencia permitida.
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El Estado mexicano es un holograma, su presencia es traslúcida: existe y no existe. No puede ser reconocido como vivo pero tampoco como cosa muerta. Al tocarlo se descubre el espejismo. El Estado se mueve para realizar ciertas funciones que lo mantengan en apariencia sana y próspera. No tiene color o ideología propios. La historia de las ánimas poderosas lo alimentan: Pedro Páramo y La sombra del caudillo. México es la verificación más real de que el Estado es una ficción jurídica y que sus caminos son largos cada centuria.
México D.F., septiembre de 2010.

viernes, 27 de agosto de 2010

MI NACIÓN TIENE UN ESTADO HOLOGRAMA


Resulta una falacia llamar a México un Estado democrático y de derecho. Las críticas que en el 2008 se hicieron al gobierno federal, denominándolo “Estado Fallido”, vigente en todos sus aspectos teóricos y práctico aún hoy día, confirman la era de excepcionalidad que el país vive: el Estado de excepción institucionalizado y de facto. La inoperatividad institucional, es decir, la incapacidad para brindar los derechos y servicios más elementales a la población civil en algunos estados (Chihuahua, Tamaulipas, Sinaloa y otros), se volvió sintomático en los alcances del poder coactivo. El Estado mexicano se ha quedado sin fuerza. No se trata pues de la fuerza castrense, sino de la fuerza política y discursiva con que el Presidente y su Administración han buscado legitimar a ultranza su “lucha (eufemismo de guerra) contra el narcotráfico”.

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El cierre de caminos y puentes por parte del ejército o de los cárteles, los coches-bomba, el secuestro de migrantes indocumentados por parte de la delincuencia organizada, las masacres múltiples en el norte del país, el multi-infanticidio, los atentados a periodistas, el ejército patrullando las calles, la suspensión de labores y el pago de cuotas, los “toques de queda”: México está en una conmoción interna (guerra), aunque no haya sido declarada formalmente esta situación y no se haya usado el artículo 29 de la Constitución nacional. Por otro lado, las reformas constitucionales en 2008, impulsadas por Calderón, donde se legalizaron las políticas públicas contra el estatus de delincuente organizado (enemigo público en el discurso oficial) con el llamando “régimen especial de garantías”, representó la inclusión del derecho excepcional en el derecho cotidiano. El Estado de excepción se institucionalizaba y comenzaba a adquirir forma.

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El Estado mexicano parece desvanecerse por agentes externos y factores reales de poder que continuamente se apropian de sus funciones. El mercado mundial determina el roll liberalista que los Estados partes en tratados e instrumentos internacionales deben desempeñar en sus modelos económicos internos. El Estado mexicano se ve forzado, como muchos otros Estados, a la desregularización legal y a la paulatina cesión de las facultades controladoras y planificadoras en su economía. El neoliberalismo achica al Estado en su espíritu y autoridad. Otro aspecto es la actividad estatista que la delincuencia organizada, como sistema de poder y determinación social, ha venido desempeñando en aquellas poblaciones donde el Estado no ha podido o no ha querido llegar aún. El modelo paternalista es recogido por los delincuentes para proveer a la población civil de servicios de seguridad, educación, infraestructura y empleo. Se sabe de muchas comunidades donde la única estructura de cohesión y mando es el Narcotráfico. La delincuencia organizada determina la división social, laboral y pública que los miembros de la comunidad deben realizar en contraprestación a los servicios “benéficos” que ésta otorga. La delincuencia organizada, en algunos aspectos, parece un aparato más articulado que el propio Estado.